El cuento que narró Grunnir
Las sombras que rodeaban a los viajeros se volvieron aún más tenebrosas. Un silencio cayó entre los locuaces compañeros sentados en torno al fuego. Solo la cacofonía del viento y el aguacero parecía, por momentos, más intensa. De pronto, una luz cegadora rasgó las tinieblas, seguida de cerca por el estruendo de un relámpago. El enano se frotó los ojos. Por un instante creyó ver la silueta de una cabeza lobuna dibujada sobre el suelo de la caverna. —¡Saludos, viajeros! ¿Quién teme al lobo? Todos volvieron la mirada a la entrada. En la negrura, apenas visible contra la oscuridad del fondo, unos ojos estrechos y oblicuos reflejaban el fulgor de la hoguera. Su cuerpo se sacudió y una lluvia de pequeñas gotas salieron disparadas de su crin, formando una fugaz constelación de minúsculos destellos. —Nadie que tema al lobo se aventura en el camino una noche como esta —dijo el elfo—. Pero tú no andas sobre cuatro patas ni aúllas a la luna. —Solo porque soy más rápido sobre mi caballo —respondió...