El cantar de Alinna, la princesa inocente


Dicen las mujeres sabias que hace muchos, muchos años, vivía al Norte la princesa Alinna, que era dulce e inocente, y que nunca había hecho daño ni a un insecto. Pero Alinna siempre estaba triste. Y esto era porque en su juventud se vio separada de su hermano mellizo Alaine el Cazador, Éste se internó un día en el frondoso bosque, armado por su poderoso arco Lanzapenas, el que nunca falla; largos días pasaron esperando su regreso, pero fue en vano. Así pasaron los años hasta que una noche Alinna soñó que su hermano la llamaba desde la profundidad del bosque, y un gran ciervo blanco le acompañaba. Alinna escapó del castillo y buscó en vano en los linderos del bosque. Un día, le salió al paso una mujer que dijo ser una Huldra; ella le dijo que encontraría a su hermano y que este volvería a cazar, pero para ello tendría que esperar al ciervo blanco junto a un arroyo encantado, y darle caza. Así hizo Alinna, acechó junto al arroyo y un atardecer el gran ciervo se acercó a abrevar. Alinna lo persiguió y persiguió hasta agotar a su caballo, y más allá, llegando por fin a un círculo de piedras grises en el centro del bosque. Allí se durmió agotada. 
 
Al cabo de unas horas, se despertó sobresaltada, y  vio al gran ciervo blanco, pero ya no estaba solo. En torno al círculo de piedras, otras muchas criaturas, todas ellas pálidas, espectrales, la observaban: lobos, zorros, aves de toda clase, y hasta pequeñas ardillas y liebres. El gran ciervo entonces se giró hacia ella, y Alinna pudo ver una de las flechas empenachadas de negro que su hermano usaba siempre, clavada profundamente en su costado.  Entre sus patas delanteras, una roca redondeada se giró como empujada por un viento helado. Y Alinna vio en los huecos descarnados de la calavera la mirada implorante de su hermano. Dicen las mujeres que Alinna oró allí a la Madre para que Alaine fuese perdonado; ella, que nunca había hecho daño ni a un insecto, conmovió al espíritu de la floresta; entonces Alaine regresó y le dio un último abrazo; luego subió a lomos del gran ciervo blanco, y desde entonces patrulla el bosque armado de Lanzapenas, el que nunca falla, y protege sus criaturas de los cazadores que olvidan desairar a la presa abatida. Alinna y se recogió en un convento, donde recogió este canto, y nunca más vio a su hermano, condenado por siempre a cabalgar cazando a quien se interna en el bosque.

Comentarios

  1. -- Ardillas espectrales, snif -- dijo el enano mientras trataba de enjugar una lágrima sin que sus compañeros lo notaran --. Que absurdo.

    A su alrededor todos guardaron silencio por un momento, tratando de reponerse de la emoción que a todos les había conmovido.

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