El cuento que narró Grunnir
Las sombras que rodeaban a los viajeros se volvieron aún más tenebrosas. Un silencio cayó entre los locuaces compañeros sentados en torno al fuego. Solo la cacofonía del viento y el aguacero parecía, por momentos, más intensa. De pronto, una luz cegadora rasgó las tinieblas, seguida de cerca por el estruendo de un relámpago. El enano se frotó los ojos. Por un instante creyó ver la silueta de una cabeza lobuna dibujada sobre el suelo de la caverna.
—¡Saludos, viajeros! ¿Quién teme al lobo?
Todos volvieron la mirada a la entrada. En la negrura, apenas visible contra la oscuridad del fondo, unos ojos estrechos y oblicuos reflejaban el fulgor de la hoguera. Su cuerpo se sacudió y una lluvia de pequeñas gotas salieron disparadas de su crin, formando una fugaz constelación de minúsculos destellos.
—Nadie que tema al lobo se aventura en el camino una noche como esta —dijo el elfo—. Pero tú no andas sobre cuatro patas ni aúllas a la luna.
—Solo porque soy más rápido sobre mi caballo —respondió una áspera voz—. Y no tengo ganas de cantar, con este tiempo.
La sombra a la entrada de la cueva se adelantó y la luz de la hoguera reveló un fornido cuerpo con cabeza lobuna. Su crin era castaña y blanca. Su hocico más largo de lo común, pero bien formado, con la punta de la lengua colgando a un lado, mostrando así unas afiladas muelas, pero ocultando los colmillos. Llevaba pantalones de montar de cuero, sujetos con un cinturón del que pendía un cuchillo. A la espalda, bajo una capa empapada por la lluvia, se percibía el bulto de una mochila y sobresalía la cabeza de un hacha.
—¡Así pues, estamos condenados a tu compañía! —suspiró el enano, que procedió a presentar a cada uno de los viajeros sentados en torno a la hoguera. Mientras, el recién llegado se despojó de su capa y su mochila, extendiendo aquella junto al fuego. Al terminar el enano sus presentaciones, el ser lobuno se sentó en el suelo poniendo su hacha sobre las rodillas y sacó una piedra de afilar de la mochila.
—Yo soy Grunnir, el Lobo Humano —dijo, empezando a hacer largas pasadas de piedra, sobre el filo del hacha, metódicas y precisas.
—Será el Hombre Lobo —corrigió el elfo.
—O el Lobo Hombre —terció el enano.
—No —replicó el ser lobuno sin dejar de afilar el hacha—. Porque no soy un hombre que se transforma en lobo en las noches de luna llena. Ni un lobo que camina entre los hombres inadvertido. No —dijo melancólicamente—. Más bien soy un hijo del Pueblo Lobo que comprendió pronto la futilidad de luchar contra la marea de los hombres. Por eso desde cachorro me interesé en las maneras humanas. Y por eso para la mayoría de los míos soy más humano que lobuno. Mientras que para vosotros sigo siendo lobuno, antes que nada. Lobo Humano, por así decirlo. O ninguna de ambas cosas, según a quién preguntes.
El enano quedó pensativo.
—¿Gruñir, dices?
—Grunnir. Aunque es lo bastante parecido.
—Muy bien, Lobo Humano —siguió el enano, mientras en el exterior arreciaba la tormenta—. Ya que nos honras en esta espléndida noche con el placer de tu compañía, ¿por qué no nos honras también con el placer de una buena historia?
El ser lobuno se detuvo un momento, pensativo. Dio la vuelta a su hacha y empezó a afilarla por el otro lado mientras comenzó a relatar su historia.
—No sé si habréis oído hablar de la guerra de Ymir. Sucedió hace algunas generaciones, cuando ya los humanos llenaban la tierra y la niebla de sangre seguía atrapando a los incautos, aunque no al Pueblo Lobo, si este se mantenía dentro de las lindes de sus bosques profundos.
“Los habitantes del llano disputaban con los habitantes de una isla del río a causa de la pesca en un extensa zona pantanosa, cada cuál como si fuera cosa suya. Los del río, por estar aquella tierra inundada. Los del llano, por razón de que era posible caminar sobre ella, aunque con dificultad.
“De esta disputa sobrevino una guerra encarnizada, porque ambos pueblos eran muy pobres y, para ellos, incluso un terreno tan malo podía ser una cuestión de vida o muerte. Y si el límite entre el río y el llano estaba mal definido, aún peor lo estaban los derechos de herencia que esgrimían los dos barones que competían sobre el mismo. De suerte que, después de muchos años de guerra en la que ambos bandos estuvieron imposibilitados de pescar en la zona pantanosa, se decidió que un mediador zanjara el contencioso.
“Se dirigieron pues ambos barones al templo del Cuervo, donde era fama que residía una Hermana reputada por su sagacidad. Arinda, se llamaba, y de ella se decía que era capaz de engañar a la oscuridad y de sostenerle al sol la mirada. La Hermana Cuervo escuchó los motivos de ambos barones y dedujo que nada podía hacer para detener la guerra, porque supo que ninguno de ellos aceptaría una resolución que le privase del terreno en disputa. De modo que se dijo: ‘Mi sabiduría es grande, pero no tanto como para encontrar una salida a esta disensión. Aunque sé quién sería tal vez lo bastante sabio como para desenredar esta madeja.’
“Era pues, que Arinda conocía de la existencia de un temible monstruo que habitaba en una torre rodeada de un gran lago, muy lejos, al noreste. De este monstruo se decía que, a pesar de su horrible aspecto, poseía una astucia sobrehumana. Si había alguien capaz de dar una solución a este acertijo, sin duda sería la criatura de la torre. Y para convencer al monstruo, puesto que era fama que era muy codicioso, le llevaría en pago la Heredad del Templo, que la misma Hermana Cuervo había ganado a un dragón en un duelo de acertijos.
“Arinda propuso entonces a los barones: ‘Iré a la torre del lago a hablar con el monstruo y pedirle una solución al conflicto. Pero se encuentra a una gran distancia, y demoraré muchas lunas en volver con una respuesta. No me gustaría que, mientras tanto, siguierais guerreando, porque las muertes causadas pesarían sobre mi conciencia. Por eso os haré jurar sobre el altar que, hasta que yo regrese, los habitantes de la isla podrán pescar en el pantano hasta dos millas de la orilla del río, y los habitantes del llano podrán pescar en el resto del pantano que no esté dentro de este límite. Y mientras tanto, no podréis hacer guerra por causa de esta zona.’
“De mala gana, los barones aceptaron realizar el juramento que, al ser hecho sobre el altar, quebrantarlo supondría una maldición no solo sobre ellos, sino también sobre sus descendientes. Arinda partió en su viaje y al cabo de algunas lunas llegó hasta el lago. Nadie se atrevía a acercarse a donde habitaba el monstruo, de modo que tomó un bote y remando ella sola llegó hasta la torre que se alzaba en su centro.
“‘¡Criatura de la torre!’ gritó cuando desembarcó ante las pesadas puertas de la fortaleza. 'Te traigo un dilema, que mi astucia no ha sido capaz de resolver. Y en recompensa por darme la respuesta, te ofrezco la Heredad del Templo.’
“Entonces una horrible risa sonó al otro lado de las puertas, y una voz no menos horrible contestó: ‘¡Hermana Cuervo! No estimas tu sagacidad en lo que vale, puesto que ya has encontrado la solución que buscabas a tu dilema. Siempre que pagues por ello un precio mayor del que estabas dispuesta a aceptar.’ Y al decirlo, del cielo sin nubes cayó un rayo que destruyó completamente el bote en el que Arinda había llegado a la torre.
“La Hermana Cuervo, irguiéndose del suelo donde había esto arrodillada dijo entonces con voz serena: ‘Sí, sabía que había dado con la solución, aunque temía afrontar las consecuencias. Pero ahora estoy dispuesta a que mi vida y mi Heredad sean el rescate por las vidas de muchos pescadores inocentes.’
“Allí murió de hambre Arinda, a las puertas de la torre en medio del lago, sin que el monstruo la dejase entrar en su fortaleza, ni nadie se atreviese a acercarse a rescatarla. Pero se dice que su muerte no fue completa, pues se transformó en un espectro de carne y hueso que aún monta guardia a la entrada de la torre y mata a todo aquel que trate de robar la Heredad del Templo, o que ose importunar con sus preguntas el descanso de la feroz criatura que habita tras las puertas.
“En cuanto a los barones y sus descendientes, quedaron ligados por el juramento a no volver a hacer guerra por los pantanos. Puesto que la Hermana Cuervo aún no ha vuelto y, al no ser su muerte completamente cierta, temen que la maldición caiga sobre ellos si lo quebrantan. Y esta es la historia de la sagaz Hermana Cuervo que se cuenta en tierras lejanas. Demasiado lista, dicen, para lo que le convenía.
En el exterior, la lluvia empezaba a amainar de forma perceptible. En el silencio que siguió al relato de Grunnir, habló el enano.
—Extraña historia, sin duda, que no había oído nunca. Aunque creo que sí oí hablar de esa guerra de Ymir, aunque no con ese nombre.
–Es posible —dijo Grunnir, depositando en el suelo el hacha que había terminado de afilar—. Las mismas historias y las mismas guerras a menudo se llaman de distintas formas en distintas tierras. Bien lo sé, porque, en mi trabajo de mandadero, nunca he dejado de hacer un mandado, por lejos que estuviera, y así he tenido ocasión de conocer muchas tierras lejanas.
—¿Cuál dirías que es la moraleja de esta historia, enano? —se burló el elfo.
—Que en algún lugar hay un tesoro custodiado por un no muerto, junto a la casa de un monstruo listillo y con malas pulgas. ¡Y eso significa aventura!
—Y también —dijo Grunnir echándose el hacha a la espalda— que saber lo que debes hacer no es tan importante como saber que debes hacerlo. Ha dejado de llover y yo ya he terminado mi último mandado. ¿Partimos?

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