La leyenda de Mhoor, el herrero honrado.
-- Creo que ya veo el sol. ¡Va a escampar!
-- ¡Va! Cierra el pico y acércate al fuego. Me da frío verte ahí tieso, en la boca de la cueva.
-- Brynjar, tienes una bonita espada. Parece vieja pero se ve que la has cuidado bien. Tiene su historia, ¿verdad?
-- Pues sí -- dijo el joven guerrero mientras acariciaba las guardas del arma --. Perteneció a mi amo, un sargento de la guardia del barón. No sé cuantas veces limpié la herrumbre de su armadura, reparé los golpes en su escudo o agucé el filo de esta espada. Y cada vez, él me contaba la misma historia. ¿Queréis oírla?
La leyenda de Mhoor, el herrero honrado.
Me contaba mi amo que cuando él era joven y servía de escudero, el barón tenía a su servicio un herrero hábil y reputado llamado Mhoor. Tenía fama de ser un hombre honrado y no era raro que le gente de la región se acercara a que le arreglara sus aperos, ni infrecuente que les cobrara en especia o incluso les dejara a deber cantidades importantes.
Era un hombre sencillo, viudo y sin hijos, que encontraba solaz en las largas tardes de invierno en una de las tabernas del pueblo. Un día, unos extranjeros vinieron y comenzaron a hablarle de una maravilla que andaban buscando. Elfos eran y élfica era la gema que decían se encontraba en una torre cercana, un rubí rojo como la Niebla.
-- ¿Y por qué no habían ido a recuperarla? -- preguntó el enano.
-- ¿Qué? -- la pregunta había logrado sacar a Brynjar de su relato.
-- ¿Por qué los altos elfos, en su sabiduría y con todo su poder no habían viajado hasta la torre para recuperar la joya de sus ancestros? -- el enano parecía estar de un humor especialmente huraño esa mañana.
-- Bueno, eso preguntó el herrero... ¿Puedo continuar o vas a interrumpirme de nuevo?
-- ¿Por qué no habéis ido a recuperarla? -- preguntó el herrero.
-- Un intrincado mecanismo protege la puerta y hemos oído hablar de tu habilidad. Abre la puerta y tráenos la joya y te daremos tanto oro como puedas gastar lo que te queda de vida.
Partió a la mañana siguiente. Las indicaciones que habían dado al herrero eran suficientes para encontrar la torre en lo profundo del bosque oscuro y para desentrañar los engranajes que la bloqueaban.
Le encontraron muerto en el mismo lindero del bosque oscuro. Entre sus manos había un cofrecillo en el que hubiera cabido un rubí del tamaño de un huevo de tórtola. Estaba vacío. Y a su espalda, entre sus costillas, un largo cuchillo goblin, hundido hasta la empuñadura.
-- ¿Y la moraleja?
-- Está claro, no te fíes de un elfo -- dijo el enano.
-- No, no. Si el herrero no hubiera sucumbido a la avaricia o se hubiera cuidado de los goblins que vigilaban atentos su torre, el pueblo no hubiera perdido a su honrado herrero.
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