La Leyenda de Scornia, la Dragona Encadenada

Escuchad, amigos míos, y prestad oído a esta historia que os contaré junto al crepitar de la hoguera. Es una leyenda antigua, tan vieja como las raíces de las montañas, una historia de un tiempo en el que el mundo era joven y las razas que hoy lo habitan aún no habían puesto pie en estas tierras. Un tiempo en el que solo los Enanos y los Dragones reinaban sobre la tierra y los cielos.



En aquellos días, mi Pueblo, los Enanos, vivía bajo la sombra de las montañas, excavando, forjando y construyendo. Nuestras manos tallaban la piedra y extraían los metales ocultos en las entrañas de la tierra. Mientras tanto, los dragones, criaturas de fuego y aire, surcaban los cielos, libres y poderosos, disfrutando de su dominio sobre las nubes. Eran seres solitarios, orgullosos, y rara vez se interesaban por lo que ocurría en el mundo inferior.


Pero hubo una dragona, una de las grandes matriarcas, cuyo nombre era Scornia. Ella, desde las alturas, observó a los Enanos trabajar en las profundidades. Le intrigó ver cómo extraían el mineral de la roca, cómo lo fundían en sus forjas y cómo lo transformaban en metales relucientes. No le sorprendió la escoria negra que dejaba el fuego, pues los dragones son criaturas de llama y ceniza, pero sí se maravilló ante el brillo puro de los metales: el rojo del cobre, que le recordaba a las llamas de su propio aliento; el blanco de la plata, frío como la luz de la luna; y el dorado del oro, cálido como el sol que ilumina el mundo.


Scornia descendió de las nubes y se acercó a los Enanos, mostrándose amistosa. Les habló con voz melodiosa, revelando su nombre y alabando su arte. Los Enanos, honrados por la visita de tan noble criatura, le ofrecieron regalos: cobre, plata, oro y joyas de esmeraldas, granates, berilos y turquesas. Cuanto más recibía, más deseaba. La avaricia creció en su corazón como un fuego que no podía ser apagado. Y así, una noche, la dragona traicionó a los Enanos. Asaltó sus salas subterráneas, arrasando todo a su paso, ansiosa por apoderarse de los metales y las joyas que tanto amaba.



El daño que causó fue grande, pero los Enanos, aunque jóvenes, eran valientes y decididos. No podían permitir que tal afrenta quedara sin castigo. Con astucia y coraje, acosaron a la dragona, la empujaron hacia las cámaras más profundas de la montaña, donde las sombras son eternas. La atacaron sin descanso, utilizando todo su conocimiento y habilidad. Sabían que no podían matar a una criatura hecha de magia y fuego, pero estaban dispuestos a hacerla pagar por su traición.



Finalmente, Scornia cayó. No murió, pero fue vencida, sumida en un profundo sueño que la bordeaba con la muerte. Los Enanos, aunque entristecidos por la pérdida de sus hermanos, no se detuvieron. Reconstruyeron su ciudad, más grande y esplendorosa que antes. La llamaron Jardín de Piedra, y usaron las escamas de la dragona para adornar sus paredes, sus alas para dar forma a las bóvedas de sus salas más majestuosas, y sus huesos como poderosas columnas para sostener sus techos. Incluso su sangre, que aún fluía con un fuego mágico, iluminó las galerías y calentó las forjas.



Pero Scornia no estaba muerta. Con el tiempo, despertó. Se encontró atrapada en la ciudad que una vez intentó destruir, rodeada por aquellos a quienes había traicionado. Su furia estalló como un volcán, pero por más que luchó, no pudo liberarse. La urdimbre de piedra y metal que la rodeaba era demasiado fuerte. Gritó, aulló, hasta que finalmente su voluntad se quebró. Derrotada, pero no vencida, Scornia se resignó a su prisión.


Sin embargo, amigos míos, no subestiméis a la dragona. Scornia es, sin duda, la criatura más inteligente bajo el cielo y sobre las raíces del mundo. Aunque encadenada, no ha perdido su astucia. Susurra en los oídos de los reyes enanos, ofreciendo consejos sabios y engañosos. Busca ganarse su confianza, anhelando su libertad. Pero los Enanos no olvidan. Saben que cada palabra de Scornia lleva consigo la mentira y la traición que una vez los llevó al borde de la destrucción.


Así que, si alguna vez os encontráis en las profundidades del Jardín de Piedra, escuchad con cuidado. Entre el susurro del viento y el crepitar de las llamas, quizás oigáis la voz de Scornia, esperando su momento para volver a ser libre. Y recordad: incluso las criaturas más poderosas pueden caer, pero su astucia y su sed de venganza nunca mueren.

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